Mi cita con un Frankenstein deltoriano
por: Anlli Ramírez
Este fin de semana merecía consentirme y me lancé a Epic Cinemas a ver Frankenstein de Guillermo del Toro movida por dos impulsos básicos: el amor por el cine, ese que te hace pagar un boleto para ver algo que en un mes estará en Netflix y la gula emocional de saber que el director de El laberinto del fauno y La forma del agua está a punto de cocinar otro banquete visual.
Desde los primeros minutos se siente que estás viendo una película de Del Toro: la cámara se mueve con ese amor por lo artesanal, por lo oscuro pero bello, como si te metieras en una catedral húmeda llena de secretos.
De las actuaciones puedo decir que Oscar Isaac interpreta a Viktor Frankenstein con una intensidad que solo él puede lograr, él podría recitar una receta de pastel y aún así sonar atormentado; Mia Goth vuelve a demostrar que nació para estos papeles retorcidos y sensibles al mismo tiempo, es como una porcelana con grietas: frágil pero imposible de romper, cada vez que aparece, el tono de la película cambia, se vuelve más emocional, más raro, más… deltoriano.
Mi querido Christoph Waltz, el señor que logra que cada línea suya suene como un brindis elegante y peligroso a la vez. Aquí hace un papel de esos que parecen menores pero terminan siendo los que mueven los hilos. Si Del Toro tiene una debilidad por los monstruos, yo la tengo por los villanos sofisticados, y Christoph es mi pecado favorito.
Y luego está Jacob Elordi, que confieso, me intrigaba, pensaba: “el chico guapo de Euphoria y Saltburn, ¿haciendo de monstruo?”; pues sí… ¡y vaya que fue una sorpresa! Del Toro le dio una criatura que no da miedo, sino ternura y dolor. Es hermoso, pero no por bonito: por vulnerable. Su interpretación me dejó con un nudo en la garganta; no sabía si quería abrazarlo o prender las luces y aplaudirle.
La película es preciosa, en el sentido más oscuro de la palabra, hay escenas que parecen cuadros, con una luz que casi puedes oler, como humedad vieja mezclada con incienso, pero ojo, no todo es perfecto: hay momentos donde el ritmo se siente pesado, como si alguien hubiera dicho “pongámosle diez minutos más de reflexión, que se note que es arte”. Y sí, se nota. Pero también se perdona, porque cada toma es una joya visual.
Aquí el monstruo no es el que asusta, sino el que duele. Y Del Toro lo entiende bien: los verdaderos monstruos siempre están del lado equivocado del espejo.
Así que si puedes, corre a Epic Cinemas antes de que llegue a Netflix porque sí, en la tele se verá bonita, pero créeme: estas sombras, estos gritos y estos suspiros no se disfrutan igual en tu sillón y menos con los nuevos proyectores láser de última generación que tienen en sus salas.
Ahhhh, luego me cuentas si tú también saliste con la sensación de que el verdadero monstruo no fue creado en un laboratorio, sino en el alma de alguien que amó demasiado.
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