El diablo viste a la moda… y se pasea entre los mortales
por: Anlli Ramírez
Hoy fui feliz desde las 9:03 am… y no precisamente por el café de la oficina; entre mails, pendientes y momentos en los que claramente fingí madurez profesional, mi cerebro estaba en otro lado: en outfits, en Miranda, en esa fantasía absurda de que la vida corporativa también puede verse impecable y obviamente en mis palomitas con caramelo de mi happy place.
Y entonces llegó ese momento: salir de la oficina, cambiar el chip y sentarme en mi butaca favorita de Epic Cinemas para reencontrarme con un mundo que marcó una época. Porque hay películas que ves, hay películas que esperas y otras como El diablo viste a la moda que se disfrutan como un buen outfit: pieza por pieza, porque esta segunda entrega llegó y lo hizo con todo el glamour que esperábamos.
Meryl Streep sigue siendo perfecta, eso no está en discusión, pero el guión decide bajarla del “altar”, ya no es esa figura casi mitológica e inalcanzable, ahora es más terrenal, más cercana, más como nosotras y aunque eso humaniza, también le resta ese “miedo elegante” que tanto disfrutamos.
Por su lado, Anne Hathaway regresa con una Andy más madura, enfrentando decisiones desde otro lugar. El problema es que su historia se siente cómoda, sin ese conflicto punzante que definió la primera y un intento de relación que me hace preguntar: ¿de verdad no había alguien más guapo para el galán?, porque una cosa es evolución emocional y otra muy distinta bajar el estándar sin previo aviso.
Ahora, hay algo que sí se sostiene: el elenco, con eso no hay nada que reprocharles, todos son actores consolidados que regresan a sus personajes como si no hubiera pasado el tiempo, con una naturalidad deliciosa; se sienten más maduros, más actualizados, pero sin perder la esencia. Y además, las nuevas incorporaciones —como Simone Ashley, Kenneth Branagh, Lucy Liu y Justin Theroux— le dan aire fresco a la historia y terminan teniendo peso real dentro de la trama.
La película, en general, no aburre, se deja ver, es ligera, entretenida y la subtrama romántica está ahí, pero honestamente se siente secundaria, incluso innecesaria.
Y aunque no quería aceptarlo, nos quedaron debiendo momentos memorables, de esos que citabas durante años, que se volvían cultura pop; agradecemos las escenas bonitas, correctas, bien ejecutadas, pero ninguna que te haga decir “esto es icónico”.
Aun así —y siendo completamente justa— es una secuela lograda, no supera a la primera, ni lo intenta demasiado, pero cumple y sobre todo, se disfruta; porque visualmente sigue siendo un festín: moda impecable, estética aspiracional, ese placer culposo de ver a gente increíblemente bien vestida tomando decisiones cuestionables.
Y recuerda que si te vas a dar ese gustito cinéfilo, hazlo bien, hazlo en Epic Cinemas, porque una película así no solo se ve, se vive en la pantalla grande, con sonido envolvente y actitud… y Miranda Priestly no merece menos.
Vas por nostalgia, te quedas por el espectáculo y sales pensando que, aunque el diablo ya no esté en un pedestal, sigue teniendo mejor clóset que todas nosotras.