Cumbres Borrascosas: cuando el deseo quema más de lo que abraza
por: Anlli Ramírez
Llegué a ver Cumbres Borrascosas con esa emoción casi infantil que me agarra cuando se juntan varias cosas bonitas: una película que quiero ver desde hace semanas, una directora que me genera confianza y mi butaca favorita en mi happy place: Epic Cinemas. Me acomodé, respiré y pensé “ok, sorpréndeme”. Spoiler: sí lo hizo.
Porque cuando Emerald Fennell dirige, una ya sabe que no va a ver una adaptación correcta ni respetuosa en el sentido clásico. Ella no adapta: reinterpreta con colmillo. Toma historias que creíamos entendidas y las pasa por el filtro de la incomodidad emocional, el deseo mal gestionado y las relaciones que no deberían romantizarse… pero que el cine lleva décadas vendiéndonos como amor eterno.
Y para poder adentrarnos en el mundo de Fennell es mejor no tener el estómago vacío y una Bacon Cheese Burger de UnaBurger by Lázaro y Diego, además de mis indispensables Palomitas Caramelo fueron la mejor opción.
Esta directora hace que Cumbres Borrascosas se sienta menos como un clásico y más como una historia que podría estar pasando hoy, con gente emocionalmente intensa tomando pésimas decisiones y llamándolas pasión. Fennell no suaviza nada, no embellece el daño y tampoco sermonea, prefiere observar… y deja que tú te incomodes solito.
Margot Robbie es una Catherine magnética, impulsiva y absolutamente cero interesada en caer bien; ella no pide disculpas, no busca redención y no intenta ser simpática. Robbie entiende perfecto que este personaje no necesita que lo defiendan: necesita que lo dejen ser y, de verdad, eso se agradece muchísimo cuando ya no tienes paciencia para protagonistas femeninas diseñadas para agradar.
Jacob Elordi como Heathcliff juega a ser el imán emocional perfecto: atractivo, oscuro, callado, cargado de resentimiento; el tipo de personaje que en la ficción se romantiza y en la vida real te deja en terapia. La química entre ambos es innegable, pero no es bonita; es intensa, incómoda, casi violenta, de esa que no quieres vivir, pero sí analizar.
Las escenas candentes están filmadas justo como deben estarlo: sin glorificar el caos, eso sí, no son momentos de fantasía romántica, sino de fricción, poder y dependencia emocional. El deseo aquí no es un premio, es un problema. Y eso, honestamente, se siente mucho más honesto que cualquier beso bajo la lluvia.
La música de Charli XCX termina de traer todo al presente con beats intensos, nerviosos, que acompañan la tensión emocional y hacen que la historia no se sienta lejana ni “de época”. El vestuario va por la misma línea: precioso, clásico con guiños modernos, estéticamente impecable, pero siempre al servicio de lo que sienten los personajes, no de la nostalgia.
Al final, salí del cine pensando que esta versión no quiere que suspiremos, quiere que reflexionemos. Y a mis 46 años —con más cine visto, más libros leídos y menos ganas de romantizar relaciones dañinas— eso se agradece muchísimo.
No es una historia de amor. Es una advertencia bellamente filmada. Y sí, se disfruta… siempre y cuando no la tomes como manual de vida. (y la veas en Epic Cinemas con sus proyectores láser y sonido de última generación)